Maestro sabio o inteligente.

La docencia es una profesión muy satisfactoria, pero de mucho compromiso y entrega en la labor para cubrir los ideales.

A pesar de tener tanta información e instrucción por parte de las áreas pedagógicas que abundan en el área de la docencia, la mala práctica, confusión, ambigüedad y poca constancia en el salón de clase aún afecta a la docencia. Comprometerse por dar una educación de calidad va más allá que ser una lumbrera del saber. Tener conceptos y conocimientos bien fundados son sólo una característica de buenos genes intelectuales, mas no darán aptitudes de ser buenos pedagogos ni de conseguir resultados positivos en la persona de cada estudiante.

Confundir la sabiduría con la inteligencia es muy común en quienes creen que tener conocimiento de las cosas nos hace más poderosos y menos propicios a caer en el error. Gran diferencia hay entre una concepción y la otra. La sabiduría nos da la conciencia de ese conocimiento, decidir concienzudamente, analizar opciones y saber elegir para bien.

La inteligencia es la capacidad de hacer las cosas correctamente. La sabiduría es la habilidad para elegir las metas que valen la pena; es decir, para hacer las cosas correctas. (Homo Minimus)

Una maestra sabia sabe que los retos que se nos presentan con los alumnos toman tiempo, pero sabiendo decidir, analizar y actuar nos llevará a obtener buenos resultados. Una maestra que sólo es inteligente sabe, y sabe mucho, pero pudiera no hacer uso de herramientas propicias para  influir en la vida de los demás de manera positiva. Les dará conocimientos que influirán en su vida, que podrán ser recordados por años, pero no necesariamente ayudará influir adecuadamente en la mente, personalidad y conciencia del alumno.

Ser un maestro sabio puede llevarnos a vivir las mejores experiencias aunque a muy largo plazo. Es muy inteligente querer tener el mérito de un alumno capaz y brillante en un área por que se lo enseñamos correctamente, pero aceptar que aunque nos lleve más tiempo, dedicación y esfuerzo lograr que todos mis alumnos lleguen a ese conocimiento puede quitarme el mérito y cedérselo a otro al tener resultados a muy largo plazo, eso resulta aún más inteligente y sabio.

Optar por ser sabio puede llevarnos a sacrificarse por otros, en ciertas ocasiones a ceder la batuta aún cuando nosotros creamos que podemos continuar, a permitir que otros experimenten, vivan y sientan la dicha de la sabiduría, a pesar de querer controlar todo en nuestro entorno.

La sabiduría nos lleva  a experimentar valores humanos universales como bondad, desprendimiento, prudencia, paciencia, comprensión, entre otros. Saber y difundir mi conocimiento nos hace ser inteligentes, saber actuar de acuerdo a lo aprendido y analizado, nos hace sabios.

Así pues, las escuelas no necesitan sólo maestros que sepan y difundan su conocimiento. Las escuelas necesitan maestros sabios, que sepan guiar y no sólo enseñar, que sepan escuchar y no sólo hablar, que sepan sonreír y no sólo saludar, que sepan ser cordiales y no sólo educados, que sepan observar y no sólo ver, que sepan analizar y no sólo calificar. Se necesita actitud innovadora, de servicio y entrega.

Es importante saber el rol que desempeña el maestro de hoy en día, pero es más importante conocerlo e involucrarse, para así tomar el rol como una forma de vida y no como un atuendo que usamos para laborar.

Si el maestro opta por ser muy inteligente, se le felicita, pero si opta por ser inteligente y sabio en sus actos y decisiones… ¡se le agradece!

 

Por: Grethel Aguilar.

Comments are closed.